martes, mayo 26

A veces finjo
seguir triste
para que
con un abrazo
me protejas
con efecto
retroactivo
de sucesos
en los que no
estuviste.

lunes, mayo 25

En la siesta soñé

que me juntaba en el ministerio de salud con Ginés Gonzalez García que hace mucho no es más ministro a decirle que si era obligatorio que haya payamédicos en todos los hospitales tenía que permitirme hacer un buen acto a mí también. Que yo le proponía ir al pabellón de enfermos terminales y mostrarles las tetas a todos. Nada de cogermelos por piedad, solo mostrarles las tetas(sic). En algun momento le decía que estaba comprobado que iban a morir más felices. A Ginés se le ponía colorada la doble papada y me daba el visto bueno y yo salía victoriosa del ministerio que en el sueño estaba empotrado en la costanera y me comía un paty en un puesto.

Qué está sucediendo.
Viva la patria.

lunes, mayo 18

Historia

Hace unos años una noche, volviendo de jugar un amistoso en Olivos, me subí a un 93 vacío y me senté adelante de todo, en el asiento que esta cerquita del chofer. No sé cuándo empecé a tener la costumbre de sentarme ahí si viajaba de noche y no había nadie o poca gente en el bondi, siempre me hizo sentir más segura. Una boludés poco fundamentada, ya que si entran a afanar, cagamos todos la verga por igual (¿No es acaso poesía esa expresión?). Bueno, basta, no sé, al menos zafo parcialmente de un hurto si me quedo dormida, o de un acoso sexual. Reparos de filosofía de clase media.
Me senté efectivamente al lado del chofer y empezamos a charlar. El tipo había estudiado historia cuatro años pero había abandonado la carrera para tomar un laburo de más horas cuando con su mujer se enteró de que estaban esperando un hijo. Que siempre había pensado en retomar pero que a veces las circunstancias, las otras, lo frenaban. Hasta que cruzó la Gral. Paz viajamos directo y fumando, yo me abrí la ventanita y apoyé los pies en la baranda, un jolgorio; la segunda persona se subió recién bastante entrados en capital. Fue el viaje más relajo que viví en un transporte público.
Cuando estábamos por la altura de Drago se rompió el pestillo que mantenía cerrada esa guantera larga que tienen los bondis arriba, y yo encontré en mi bolso un gancho tipo mariposa durísimo que le dí para que la cerrara. Ya éramos una dupla creativa. Yo ya no era una pasajera: era su copiloto. Me acuerdo que al bajarme le dije teatralmente, que si nos volvíamos a ver iba a ser en Puan. Me asintió en silencio y nos despedimos con el afecto de extraños que se caen bien.
El viernes me tomé un 93 después de una parva de meses de no frecuentarlo. La guantera tenía un gancho mariposa, mi gancho mariposa, sosteniendo la puertita. Levanté la cabeza para ver al conductor pero no solo no era el de aquella vez sino que todo lo que sucedía era otra cosa. Me carajeó porque no le estaba diciendo a dónde iba, el colectivo estaba llenísimo y terminé viajando amuchada al fondo entre gente malhumorada y triste. Podía ser otro gancho mariposa. Bien podía ser el mismo, el mantenimiento no esta a la orden del día de la línea 93. Pero no, pasaron un par de años. Pero sí, ¿por qué no? Yo no sé cómo funciona esto, si cada chofer tiene su colectivo o si van rotando. Ay. Cuántas cosas que no sé.
Cualquiera me diría que es muy probable que no haya vuelto a estudiar. Pero qué carajo son las probabilidades si cada historia es propia, si los factores son tan distintos, si la normalidad no existe?  Lo que hayas podido hacer no afecta en nada a mi realidad, pero sí a mi humanidad. Ojalá hayas terminado lo que empezaste. Te saludo con el afecto de los extraños que se caen bien.

domingo, mayo 17

Sin público visitante

Las casas que tienen
un patio con una
hamaca pequeña
colgando de una viga,
son una elección acertada
de construcción íntima.

Para grandes hamacas
siempre tendremos
grandes plazas.

Lo que falta es reforzar,
como si se tratara
de una vacuna que solo 
nos aplicaron al nacer,
la experiencia
de sacar los pies del suelo
con un movimiento pendular
necesariamente lento,
que nos permita
volar con calma y,
en simultáneo,
ver los detalles
del piso que abandonamos.





miércoles, mayo 13

PB

Vivir en una planta baja con ventanas a la calle cambió mi visión del mundo.
Mientras escribo esto, una pareja esta sentada en las escalera de un edificio de enfrente discutiendo ferozmente. Se adivina por los ruidos y las interjecciones de él que ella ya le pegó unas cuantas veces. De él solo logré escuchar las palabras perdón, pará y loca. Ya pasó un patrullero que se acaba de ir. Nadie puede interceder en esa fragilidad que se adivina en las relaciones profundas. Nadie sabe qué pasa. Y ellos siguen gritando. Se escuchan también persianas que se cierran: nadie sabe qué pasa y quieren que eso siga siendo así. No basta con las miserias personales para que un miércoles a las diez de la noche alguien te enrostre que la miseria no empieza con tu angustia y no termina con el análisis que puedas hacer de ella.
 Desde que me mudé presencié dos accidentes de tránsito mientras cruzaba la calle para entrar a mi edificio, y fui testigo lejana de otros tres desde el cobijo de las paredes de mi casa. Creo que el ciclista que asistí en uno de ellos, que fue embestido por un auto que se dió a la fuga, se murió en el hospital. No tenía muy buen pronóstico.
Cuando dejé la carrera de Medicina fue como si alguien me hubiera quitado el disco duro de la fragilidad del cuerpo; creo que fue por eso que cuando me tocó ver a ese tipo sangrando en el suelo me quedé en shock y lo primero que pensé fue que se iba a morir a mis pies. Era muy gordo y había volado por encima de un auto, aterrizando directamente con el tórax en el asfalto. Cuando llegué hasta él al mismo tiempo que un voluntario de la cruz roja, desvariaba e intentaba decir cosas que no alcancé a entender. Tenía las claviculas fracturadas y escupía sangre, probablemente por alguna perforación pulmonar. Cuando la ambulancia -que tardó 15 minutos en llegar a pesar de que nos encontrábamos a 1a cuadra del Hospital Durand- se fue, me enteré por un policía que el hombre se llamaba Enrique. El policía era tan gordo como el hombre que se fue entubado en la ambulancia. Perdón si esto muy crudo. Ojalá la pueda contar.
Desde que vivo acá me robaron tres macetas que tenía en la ventana, una de ellas con una planta de flores amarillas que me gustaba mucho. También me dejaron un jazmín clavado en la tierra de la maceta que alberga unas alegrías del hogar modelo Terminator, que sobreviven a pesar del clima, del poco sol que les llega y de mi precario cuidado.
Una madrugada de fin de semana pasó un chico cantando serenatas con su guitarra y se quedó parado en la entrada de un edificio de enfrente, evidentemente cantándole a alguien. Era tan emocionante lo que estaba pasando que, a diferencia de mis vecinos que se encargaron de manifestar su disconformidad con lo que sucedía, no tuve corazón para decirle que se callara y me banqué como una campeona el concierto improvisado. Cantaba feo.
A las 7 y 15, de lunes a viernes, pasa un padre con sus dos hijos en edad escolar charlando animadamente en el obvio trayecto hacia la escuela. Son un reloj suizo los hijos de puta. 7 y 15. Creo que los quiero un poco.
Como además vivo pegada a la entrada del edificio, escucho el clic apagado que hace el portón cada vez que alguien sale o ingresa. Hay unos vecinos que piden mucho delivery de helado, son una pareja joven que bajonean a morir sobre todo los jueves y viernes.
La pareja que peleaba cuando comencé a escribir esto desapareció. Así son las cosas.
Al principio pensé que no me iba a bancar tanta exposición externa, que iba a enloquecer. Demasiadas influencias ajenas, demasiada violencia del afuera, demasiada conversaciones escuchadas al pasar de gente que ignora que, del otro lado de esas ventanas con cortinas acanaladas, se encuentra alguien que intenta hacer algo y se ve interrumpido por esa invasión que jamás fue solicitada. Ahora ya me acostumbré. Es como si fuera una melodía más que se acopla a lo que este haciendo. Solo noto lo que en ese momento puedo y quiero notar. Como cuando tenés un yeso y de repente ves gente enyesada distribuida uniformemente por toda la ciudad. O como cuando alguien te da un beso heavy que desestabiliza tu estructura desde la más ínfima célula y las calles parecen estar plagadas de poesía y de gente buena.
Tomo lo que quiero y lo que ronda la sintonía que estoy atravesando, y dejo ir el resto. Es la única forma.
Es la única forma.

martes, mayo 12

Teorema de las tardes

No importa si algun día terminás un doctorado
ni si a fin de año te recompensan por tu buen desempeño.
No importa si lograste acumular varias semanas de éxito,
ni si sentís que efectivamente lo logras.
Ser menos queriendo ser más
es tan terrible,
de las peores mentiras
es la mejor verdad.
Porque después,
cuando llegues a casa, cualquier día,
cuando camines unas pocas cuadras
por la ciudad, con apuro y con un propósito,
cuando te sientes en una silla
y tengas que mirar a alguien a los ojos
y notes que estas diciendo cosas
que aprendiste a decir
con el tiempo y con paciencia,
te vas a acordar,
fugazmente,
como una foto que alguien sacude frente a tus ojos
y se la vuelve a guardar,
del día que te sentaste a mirar
cómo ese día se iba
en remera y sin zapatos
y no te quisiste abrigar
porque sabías que
mientras el sol te diera en la cara
tendrías
respuestas.

viernes, mayo 8

Alguien pasó por mi ventana
mirando el cielo
y preguntándose
en voz alta
si esa era la luna ya.
Tenía una voz hermosa.
Voy a asomarme para ver
si efectivamente
eso que veo
ya es la luna.

miércoles, mayo 6

Asunto tinta

En el laboratorio donde trabajaba había una pugna constante por las biromes negras.
En los pedidos de librería siempre -siempre- cada  uno apuntaba 2 o 3 biromes oscuras que insistían en desaparecer. Vi compañeras rotular furiosas las suyas, vi peleas elevadas de tono por biromes negras. Yo a las mías les pegaba una etiqueta blanca pero se esfumaban como los cigarrillos en noches complicadas, era realmente increíble.
En cambio las rojas, de esas había como para tirar al tacho de basura y seguir teniendo. Tanto es así que una vez abrí mi cajón y 4 lapiceras, rojas como la sangre que circulaba por el laboratorio, rodaron llenitas, mientras en mi bolsillo sonreían otras 2.
Cuando me fui, cuando finalmente logré irme de ese lugar, dejé todo: lápices, cuadernos, pedidos enteros que había hecho y que por supuesto en otra circunstancia me habría llevado; dejé incluso un guardapolvo mío que tenía de repuesto. Pero las rojas no.
Durante meses hubo en mi casa una lapicera roja debajo de casi cualquier cosa. Me llevé lo que nadie nunca quiso y lo que nadie notaría. Fue realmente maravilloso. El último día mi cartera se tragó más de 10 biromes rojas sin estrenar atadas con una gomita. Era mi tesoro.
Me llevé el color por convención de la alarma para no olvidarme de cuánto estoy dispuesta a entregar en cosas que me empequeñecen, y para escribir en rojo la diferencia entre tener algo para decir, y saber cómo decirlo.

lunes, mayo 4

Hay una descripción
una descripción
en un libro que leí
de un hombre que pedalea
en un camino techado de árboles

No se me va
no se va de mi cabeza
lo veo alejarse en bicicleta
la luz de la tarde que sobrevive
atraviesa las copas de esos árboles
que techan el camino irregular.

Él salta salta
por el traqueteo
y yo solo pienso pienso
si ese hombre hablara
le temblaría la voz.

viernes, mayo 1

¿De qué hablamos cuando hablamos de consumir?

Probablemente algunos hayan leído esta nota :  http://www.clarin.com/ciudades/soy-una-vegana-arrepentida-firpo-portenos-bereciartua_0_1347465286.html. Yo hoy quiero contarles la verdad.

Hace unos días estalló el facebook del diario de la corneta a causa de la nota titulada: "Soy una vegana arrepentida", que provocó su replicación miles de veces en otros medios y muros, infinidad de likes y cientos de comentarios violentos y desagradables (y por supuesto, fuera de contexto).

La historia es berreta y cortita y al pié, como todo aquello destinado a producir un efecto directo: Una piba joven vegana que, con implicancias físicas desfavorables por este último motivo, empieza a trabajar en una parrilla muy conocida en el ambiente y termina morfando carne a mansalva con gusto y placer, enderezando así su salud desmejorada.

Entiendo la indignación de algunos lectores. Antes de tener pleno conocimiento de lo que estaba pasando con la nota, me espantó más la nota en sí que el asunto vegan. No sé si la cita inicial -desafortunada, por cierto-, se refiere a Krishnamurti o a Cris, la dueña de una dietética acá a la vuelta que me prepara un mix de cereales para el infarto. Cuando llegué a la pregunta que el periodista le hace a María, la piba en cuestión: "¿Los veganos son como los barrabravas de los vegetarianos?", interrumpí mi lectura porque hay cosas que me exceden. Y luego, claro, me enteré de esto que vengo a contarles.

Desglosemos algunos elementos, ¿quién es el periodista que firma esta nota? 
Luego de rastrear información acerca de este personaje -lo confieso, no más de dos minutos, quizás tres-, saltan notas de Hernán Firpo en el diario Clarín, en La Nación, en algunos otros medios por aquí y por allá, y dos novelas. Ah, y un twitter cargado de comentarios muy pobres, pero eso es una apreciación personal, todos podríamos disentir eventualmente. Lo que deja pocas posibilidades de discusión es el hecho de que Hernán Firpo es amigo del dueño de La Dorita, Sebastián Valles. 

¿Les interesaría saber que estas preguntas no fueron hechas de esta manera, que esta chica nunca fue vegana, y que, dato boludo de color, sigue anémica? ¿Leyeron realmente toda la maquinaria solapada, que esta ahí para quien quiera leer, pero se mantiene escondida para quien solo quiera tildar a la piba de ignorante y pelotuda? 
Les dejo algunas citas para aseverar el concepto:


"(...)un choripán puede surtir el efecto del tango para un exiliado político o económico" 
"Trabajar en la casa de un carnívoro es como hacer votos de castidad en una playa nudista. " 
"El aroma del bife de chorizo. Esa fue la clave de mi patinada... ay, que me disculpen los veganos, pero ese perfume hizo que replanteara mi vida."


Ese perfume hizo que replanteara mi vida. Bueno. ¿Saben cuál es la especialidad, el caballito de batalla de La Dorita, esa parrilla tan conocida que aparece destacada en la nota? El bife de chorizo. Los días subsiguientes a la publicación de esta nota, ¿Saben qué fue lo que hizo que el restaurante se llenara y se ordenara una y otra vez lo mismo aumentando maravillosamente las ventas? El bife de chorizo.

La defensa descansa. No seamos tan inocentones.