miércoles, septiembre 23

La verdadera deep web

Cuatro clics y tenés el último capítulo de la serie dramática epocal,
porno soft, porno hardcore, poesía eslava,
páginas que enseñan a hablar dialectos africanos,
y también el desgrabado completo
de ese profesor de esa materia de esa clase a la que faltaste.

Yo no sé cómo voy a explicarle a un niño el día de mañana
qué se sentía vivir en la otra forma de acceso total
que ciertamente no comprendo
que sinceramente me desvela
 y que definitivamente ya no va a parecerse
a la que sea cuando el pendejo me pregunte.


domingo, septiembre 20

Los puentes magnéticos, de Ignacio Molina

Ignacio MolinaLos puentes magnéticos, Buenos Aires: Entropía, 2013, 164 pp.


                                                isso? aqui? já? assim?
Paulo Leminski



Resultado de imagen para los modos de ganarse la vida molinaEncontré Los modos de ganarse la vida, la primera novela de Ignacio Molina, escondida en un estante al ras del suelo de una librería del centro. Estaba medio ajada una de las solapas pero me la llevé por el color borravino tan hermoso y las fotos superpuestas del arte de tapa. Para qué mentir, me la llevé sin leer más que el título. La tarjeteé furiosamente y pedí que me la envolvieran para regalo.
Al terminarla me quedó una sensación dura, un descalabro emocional, como volar a causa de una patada ninja rotunda ahí donde termina el esternón. Después de eso, bueno, sucedieron un montón de cosas que hacen a mi humanidad pero no a este comentario.

A fines de 2014 llegó a mí casi por casualidad Los puentes magnéticos, su segunda novela, esa que no solo cierra la trilogía urbana*, sino que además le da el carácter. Es este libro y no los otros el que carga con el mayor poder identitario.

La novela gira en torno a Camila, una profesora de inglés que araña los treinta reproduciendo una rutina que descansa sobre duelos irresueltos y una culpa que no puede -no sabe- purgar. Como escribiera Jimena Arnolfi, todo hace ruido. Su profesión, su padre periodista desaparecido en Brasil. La relación con su madre y su hermano menor. Una amiga a la que comienza a ver luego de hacer que pierda su trabajo. Una película en la que hace de extra. Los hombres: Emiliano, el alumno adolescente que la desorienta y con el cual se acuesta; Cristian, su ex-pareja; Rodrigo, el pibe con el que tiene algo; Javier, un profesor suplente. Todos se la cogen. O casi todos. Elijo decirlo de esta manera por un motivo. Hay un uso de ese cuerpo que no nos es indiferente.


Tanto en Los modos de ganarse la vida como en Los puentes magnéticos hay una escena en la que el protagonista ve interrumpido su trayecto del supermercado a su casa -por causas absolutamente dispares- y debe tirar las hamburguesas que había comprado porque ya se habían descongelado. Al leer ambos pasajes pensé lo mismo: ¿Es esto real? ¿Tiraríamos tan fácilmente un paquete de hamburguesas porque no las pusimos inmediatamente en el freezer, porque nos retrasamos más de la cuenta? ¿Es realmente necesaria esta escena? Y en ambos casos convine que sí. Hay un metrónomo molesto que les marca un tiempo que acecha, que no controlan; comparten, en una comunión imposible, la pérdida de autoridad. De hecho, la muerte del padre de Camila queda signada por una desaparición confusa que solo hace a la idea de algo demorado en el tiempo, no de algo -de alguien- que ya no está.

Resultado de imagen para los puentes magnéticosLos puentes magnéticos es, en esencia, un escenario despojado de escenografía. Allí donde otros dispondrían de múltiples recursos narrativos, Molina elige ignorarlos y construir desde adentro. Termina erigiendo un personaje dotado de una pesadez etérea; es Camila la entera responsable, al suplir los objetos que faltan, de dar cuenta del espacio y del tiempo. Hay mudanzas, sí, hay establecimientos fuertes y marcas espaciales ingeniosamente destacadas, pero no hay espacios libres. Nunca hay espacios libres. Es difícil, por momentos, no confundir la prosa limpia con una historia llana; pero esa simpleza encierra reveses allí donde se ponga la vista.
Los puentes magnéticos podría ser un manual de instrucciones o una receta de cocina. En algún lugar esconde celosamente las pautas para rehuir de las decisiones ajenas, y las pistas para intentar no quedar recluso de las propias. Hace unas meses le dije en un mail que me resultaba fácil creerle porque su escritura se adivinaba desde un primer momento honesta. Y quizás, pienso en frío ahora, sea la mejor forma de describirla: desde la sinceridad, que no es lo mismo. La idea que deja es que no finge, no fuerza.

Sexo y género. Al avanzar sobre la historia, percibí los géneros cambiados en diferentes personajes, como si Camila por momentos fuera un hombre, como si todos esos hombres que se deslizan fueran mujeres. Podría interpretarse como un error en la conformación de los personajes. Podría, no lo sé. No creo que sea tan importante. Me interesa lo que sucede después. De Rodrigo, de Cristian, del profesor, de todos sus ex, Camila es objeto. Pero hay un vínculo en el que se nota el final de un proceso, el que rompe con todo lo anterior y monta, sobre pilares precarios pero genuinos una identidad modificada, nueva: es el que se desarrolla entre ella y su alumno. Hay una escena puntual en la que su sexualidad le es restituida. Él la llama pidiéndole ayuda, tomó cocaína y está asustado, ella va a ayudarlo, lo calma y lo cuida, y cuando él entra en calor, cuando se tranquiliza, algo en ella se activa y lo busca; se adivina que se acuestan; él pasado de rosca, ella de algún  modo también. Al final del libro se confirma que está embarazada. Todo esto es muy importante. Su sexualidad, su cuerpo de mujer, se restauran con este chico. Su identidad -y la de su padre- se reconstruyen con el otro pibe -el que espera-, su bebé por nacer. Mientras que se adivina que está lista para dar a luz, su padre está listo para morir.

Los finales que elige este escritor parecen mostrar un avance en la deliberación de los personajes. Si el lector no esta advertido quizás interprete que ese estancamiento y ese devenir cotidiano pueden, por generación espontánea, dejar una impronta marcada, una enseñanza atroz. Pero si es, definitivamente no es por generación espontánea. Es tan terrible a veces no saber si es el mundo o somos nosotros.




*A saber: el libro de cuentos Los estantes vacíos (Entropía, 2006), y las novelas Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010) y Los puentes magnéticos (Entropía, 2013).

sábado, septiembre 19

Cuando me cuentan la historia II

No sé si recuerdan a mis alumnos que son hermanos. El jueves vino sólo ella, él se había quedado dormido. Estoy casi segura de que no se quedó dormido. La semana pasada me dijo que quería que ella viniera sola en algún momento así tenía una clase personalizada porque está mucho más atrasada que él. XX llegó con unos minutos de retraso, la saludé con afecto y empezamos la clase. Medio en chiste medio en serio la cagué a pedos porque hace la plancha con el español. Me miró atentamente y volví a mi dulzura característica porque noté que se venía algo. No llegamos a tener más de dos minutos de clase, que dije algo, algo que no entendí hasta mucho después por qué podía ser un desencadenante, y se echó a llorar desconsoladamente. El corazón se me estrujó un poquito. Hacía mucho no veía a un adulto con tanta carga de angustia frente a un desconocido. Charlamos un montón. En el medio fue el festejo por el día del profesor y entraron a ofrecernos torta mientras ella lloraba y yo la miraba con ojitos de pollo, todo muy normal.
El porqué de su llanto no es pertinente, para el caso es lo esperable, si acaso hay alguna maldita cosa esperable. Realmente no entiendo cómo se hace. Lo de no involucrarse. Un compañero me dijo que es normal, que no me preocupe.
Esto me afectó más de la cuenta. Últimamentemuchas cosas están siendo "más de la cuenta". Lo que en realidad me pregunto es cómo se hace para ayudar a alguien que sufre. Soy muy poco original con mis incógnitas. Pero creo que en esa pregunta reside lo que nos hace más imperfectos, más hechos pija, más humanos. A ver, sé. Pero cómo se hace.
También tengo un grupo de alumnos a la noche con los que la paso tan bien que nunca puedo terminar  la clase en horario. Son fantásticos. Y alumnos bastante aburridos marca olfa. Y un alumnito que me hizo llorar con su versión de "Por una cebeza". Es todo un quilombo, muchachos. Pero los bahianos. Bueno.

miércoles, septiembre 16

La mina del rock

Justo hoy, que tuve un sueño tan raro, me enteré por facebook que Cristina Dall está ternada para el premio Konex de la década como cantante solista de rock. Sus publicaciones me dan mucha ternura, tira comentarios estilo mi vieja. Ojalá gane, aunque el rock no sea lo que más desarrolle y aunque el Konex me ne fregue.
La mujer que está en la barra del bar Lo De Roberto es igual a Claudia Puyó. Pero igual. La primera vez que fui, dos borrachines se quisieron cagar a trompadas y como no les daba por el porcentaje de etílico en sangre, se tropezaron y rompieron unos de los vidrios empolvados de la vitrina que da a la calle. La Doppelganger de Claudia los re carajeó desde la barra y yo la miré rogando que cantara algo pero eso no sucedió. Claudia Puyó es lo mejor de lo mejor. En este tipo de casos mis conclusiones son irreductibles. Si el Rock me emociona, Claudia me emociona mucho.




Nunca me funcionó eso de escribir un diario, unas memorias periódicas, pero este espacio un poco como eso es. Y anoche soñé que cantaba con Claudia Puyó en un recital que se hacía en el parque de una mansión abandonada, todo muy marginal, y que me quedaba sin voz de los nervios y el guitarrista me daba un whisky del pico botella y yo le decía: ¿Te parece whisky en este momento? y la Puyó se cagaba de risa.
Estoy absolutamente curada en salud de lo que mi inconsciente decide será la película de la noche, así que después del laburo me puse a escuchar algunos temas que hacía años no escuchaba. Y me pintó la melanco, quéseyó.
Acá una maravilla que hace junto al maestro Ike Parodi:



Todo lo que sucede acá está bien:



Y bueno, la más que conocida versión en la cual Cantilo no bardeaba, Carballo cantaba tan sin esfuerzo y Mapu estaba viva:



Actualización: era un premio para todos los que estaban "ternados", entendí cualquier cosa. Altos tibios.

martes, septiembre 15

Los espejos y la infancia, Inés Acevedo

"(...) Mi mamá me criticaba por mirarme al espejo, me decía 'coqueta', para ella era negativo querer ser linda, porque había sido educada en un convento; cuando yo quería correr para el baño a mirarme en el espejo me retaba. A los diez, cuando me mudé sola a mi cuarto, un día mi mamá abrió la puerta y me encontró mirándome en el espejo fijamente. ¿Qué hacés? me preguntó, y a mí me dio vergüenza. No era vanidad, me miraba por el simple asombro de existir. ¿Cómo es posible que yo sea esto? me preguntaba, en una especie de abismo. Acá estoy, soy una persona que vive: qué peligrosa es la vida, qué sensible soy, puede desaparecer en cualquier momento (...)
Con un poco de este espíritu me miré al espejo aquella primera vez, y pensé: ¡tengo una Hermosa Personalidad! ¡Qué Persona interesante parezco! Estaba seria. La misma cara de siempre, como cuando voy por la calle y los hombres intentan un piropo que en realidad es reproche: '¡qué seriedad!', me dicen. Y casi no se dirigen a mí. Hablan entre ellos de mí, sin conocerme. Dicen que soy seria. Esa cara seria, como medallón, es mi cara de los cinco años. Cara de fastidio y solemnidad. Así me recuerdo a los cinco años, edad que nunca perdí, y en la que supe que efectivamente tenía treinta y tres." 

Una idea genial, Inés Acevedo

sábado, septiembre 12

Cosas probas

Quiero escribir un poema
que exprese mi pena
y no hable de mí.
Un poema épico
que te pare la pija.
En alemán
en circunstancias no deseables
y que lleve a los extras
a la victoria.
Uno que me haga
olvidar de este.
Hacerme invisible y escribirlo
con tu letra.




                                                  -Vicente Luy-

domingo, septiembre 6

Si pudiera aprender
algo imposible,
aprendería la calma.

Cada tanto hay una fase oscura
tan profunda,
que aun desde el espacio y viendo el sol,
cualquier astronauta
no dudaría
en pensar en la noche.

A veces, las cosas salen,
pero alguien rompe algo
y siento,
con una repentina lucidez,
que quizás a eso también
pueda acostumbrarme.

Si pudiera aprender
algo imposible,
aprendería la calma.